Hay una idea muy sutil
tras hacer del estudio de los textos, clásicos o no, una auténtica ciencia: la
suposición implícita de que el conocimiento o el arte se transmiten y conservan
mediante la tecnología de la escritura. De que la escritura no tiene rival para conservar una
cultura y sus producciones. Incluso muchos historiadores insisten hoy en que
las fuentes escritas tienen prioridad para estudiar el pasado –provocando,
naturalmente, la suspicacia de los arqueólogos, quienes lidian con las fuentes
materiales-.
Un antropólogo le diría
a un filólogo que la transmisión cultural no se hace mediante la escritura,
sino mediante los seres humanos. Madres, padres, maestros, profesores, y un (casi)
infinito etcétera de personas se ocupan de inculcar en cada nueva generación
los valores, conocimientos y artes de la suya, la anterior. Sin esto, de poco o
nada sirve la escritura.
A pesar de estas
objeciones, la filología tiene sentido porque es, precisamente, la única
garantía de la transmisión cultural que le queda a una civilización cuando
fallan las personas. Sin la escritura nunca hubiese habido un Renacimiento, y
precisamente, la filología nació entonces para evitar una nueva Edad Media.
Hoy en día, la
escritura tiene ya un serio competidor para la conservación y la transmisión
cultural: el vídeo. Youtube se ha comido a blogger, a las librerías, a las
bibliotecas –o, para ser más exactos, youtube se lo ha comido todo-. Quizás dentro de unos años tengamos
especialistas en la interpretación y depuración del contenido de los vídeos, “filólogos
de los vídeos”. Lo desconozco. Sólo espero que, cuando aparezca esta nueva
ciencia, surja con ella otro Renacimiento. De lo contrario, se habrá demostrado
que la escritura no tiene, ni tendrá nunca, rival para conservar nuestras
producciones culturales más preciadas.
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