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| Fotograma de Farenheit 451 (1966) |
Uno nunca sabe cómo le
va a tratar la posteridad. Flegón de Trales, por ejemplo, escribió muchísimo,
pero sólo conservamos de él un libro de fenómenos paranormales y de abuelos
centenarios en el mundo clásico. De Menipo tampoco no nos ha llegado nada, pero
sabemos que escribió, entre otras obras, una Nigromancia, unas Cartas
entre los dioses y unas Réplicas a los
maestros y a los matemáticos. Unas pérdidas inestimables, desde luego.
Es posible que, con la
impremta, tengamos la posteridad garantizada. Gibbon así lo creía; véase Edward
Gibbon, Historia de la decadencia y caída
del Imperio romano, Londres, 1776-1788 (trad. Carmen Francí, Barcelona,
2010, pg. 578):
Consuela saber que una parte inestimable de nuestros tesoros clásicos estaba ya depositada en Italia y que los mecánicos de una ciudad germana habían inventado un arte que se burla de los estragos del tiempo y la barbarie.
Personalmente, yo creo
que ninguna obra literaria tiene la
posteridad garantizada, pero éste es un tema demasiado espeso e importante para
tratarlo un lunes soleado como el de hoy.

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