Bajo esta óptica, uno
no estudia tanto la belleza en sí, sino las condiciones objetivas que la
permiten. Mi elucubración hoy se centrará en dos casos concretos: la teoría de
la poesía y la botánica, que creo que ejemplifican bien tanto esta primera
premisa como mi segunda pregunta, que formulo seguidamente: ¿clasificar, ordenar
o diseccionar esta belleza... le quita parte de su estatus de bello?
Aunque a priori nos parezca que no –los
procesos bioquímicos no le quitan la magia a los qualia del estar enamorado-, esta idea se defendió durante los
siglos XVIII y XIX. La nomenclatura binominal
de Linnaeus suscitó mucha irritación
y controversia en el mundo científico. El mero hecho de clasificar las plantas
era algo muy insólito. Allí donde el botánico sueco ponía énfasis en el ‘sistema’
de la naturaleza (sin el cual la ciencia
botánica es un caos, como decía textualmente), recibía respuestas que
dejaban entrever una concepción muy distinta de qué era la naturaleza: una
energía creadora, un centro neurálgico que variaba sus creaciones para expresar
su grandeza. La naturaleza era concebida como algo anómico, sin leyes que sustentasen
sus creaciones.
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| Linnaeus |
Linnaeus dio la vuelta
a esta idea, y no para facilitar el trabajo científico precisamente. Si así
hubiese sido, los criterios a la hora de clasificar las plantas podrían haber
sido muy arbitrarios. La idea del systema
naturae era encontrar el mecanismo último que rige a la naturaleza y a sus
producciones. De un modo análogo, desde mediados de siglo XX los teóricos de la
literatura han propuesto clasificaciones para los recursos estructurales de los
poemas líricos: una de ellas, bastante conocida, es la distinción entre el uso
de la comparación o el uso de la equiparación, más o menos tácita (metáfora),
en los poemas.
De nuevo, la idea tras
estas distinciones no es hacer la vida más fácil a los críticos literarios,
sino entender qué hacemos las personas al leer. Los formalistas rusos buscaron
la esencia de la literatura en su forma, pero en la actualidad la mayoría de
estudios se centran en las teorías de la
lectura. Y, de nuevo, todo ello suscitó un revuelo que todavía dura: hay
quien opina que la poesía es algo demasiado bello y celestial como para ser
diseccionado o tocado desde la perspectiva científica.
Personalmente, creo que
estudiar las estructuras subyacentes a los productos bellos (plantas, poemas)
no le quita su belleza intrínseca, sino que nos ayuda, incluso, a comprenderla
mejor. Puede incluso que nos ayude a comprendernos mejor a nosotros mismos, a
nuestros mecanismos estéticos y percepciones. Pero hay un problema.
El problema es que las
ciencias, sean cuales sean, representan una visión muy concreta sobre su campo
de trabajo, un foco limitado adrede por las convenciones académicas. Bajo esta
óptica, la botánica no estudia las plantas en general, sino sus aspectos
científicos; y los estudios literarios no estudian la literatura en general,
sino sus aspectos estudiables o sistematizables. Los qualia ya son cosa de cada uno... pero quien se dedique a estudiar
y a clasificar la belleza cada vez será menos sensible a ella, por una pura
cuestión de convivencia. Le costará verla, percibirla y apreciarla por estar
acostumbrado a tratar con sus productos de una forma científica: es decir, a
ver sólo cuestiones científicas en ellos. Naturalmente, esto es sólo una
opinión, pero la he podido contrastar varias veces... y me asusta un poco.

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