28 de març 2019

Poesía y plantas (o por qué estudiar la belleza)

¿Hasta qué punto la belleza es estudiable? Los filósofos hablan de los qualia para referirse a las experiencias subjetivas que no se pueden explicar mediante procesos puramente objetivos. Por ejemplo, el estar enamorado se traduce en una serie de percepciones y sensaciones subjetivas (qualia) que no se pueden reducir a los procesos puramente bioquímicos que tienen lugar en el cerebro. Unos pueden dar lugar a otros, pero son cosas claramente distintas y separadas.

Bajo esta óptica, uno no estudia tanto la belleza en sí, sino las condiciones objetivas que la permiten. Mi elucubración hoy se centrará en dos casos concretos: la teoría de la poesía y la botánica, que creo que ejemplifican bien tanto esta primera premisa como mi segunda pregunta, que formulo seguidamente: ¿clasificar, ordenar o diseccionar esta belleza... le quita parte de su estatus de bello?

Aunque a priori nos parezca que no –los procesos bioquímicos no le quitan la magia a los qualia del estar enamorado-, esta idea se defendió durante los siglos XVIII y XIX. La nomenclatura binominal
Linnaeus
de Linnaeus suscitó mucha irritación y controversia en el mundo científico. El mero hecho de clasificar las plantas era algo muy insólito. Allí donde el botánico sueco ponía énfasis en el ‘sistema’ de la naturaleza (sin el cual la ciencia botánica es un caos, como decía textualmente), recibía respuestas que dejaban entrever una concepción muy distinta de qué era la naturaleza: una energía creadora, un centro neurálgico que variaba sus creaciones para expresar su grandeza. La naturaleza era concebida como algo anómico, sin leyes que sustentasen sus creaciones.

Linnaeus dio la vuelta a esta idea, y no para facilitar el trabajo científico precisamente. Si así hubiese sido, los criterios a la hora de clasificar las plantas podrían haber sido muy arbitrarios. La idea del systema naturae era encontrar el mecanismo último que rige a la naturaleza y a sus producciones. De un modo análogo, desde mediados de siglo XX los teóricos de la literatura han propuesto clasificaciones para los recursos estructurales de los poemas líricos: una de ellas, bastante conocida, es la distinción entre el uso de la comparación o el uso de la equiparación, más o menos tácita (metáfora), en los poemas.

De nuevo, la idea tras estas distinciones no es hacer la vida más fácil a los críticos literarios, sino entender qué hacemos las personas al leer. Los formalistas rusos buscaron la esencia de la literatura en su forma, pero en la actualidad la mayoría de estudios se centran en las teorías de la lectura. Y, de nuevo, todo ello suscitó un revuelo que todavía dura: hay quien opina que la poesía es algo demasiado bello y celestial como para ser diseccionado o tocado desde la perspectiva científica.

Personalmente, creo que estudiar las estructuras subyacentes a los productos bellos (plantas, poemas) no le quita su belleza intrínseca, sino que nos ayuda, incluso, a comprenderla mejor. Puede incluso que nos ayude a comprendernos mejor a nosotros mismos, a nuestros mecanismos estéticos y percepciones. Pero hay un problema.

El problema es que las ciencias, sean cuales sean, representan una visión muy concreta sobre su campo de trabajo, un foco limitado adrede por las convenciones académicas. Bajo esta óptica, la botánica no estudia las plantas en general, sino sus aspectos científicos; y los estudios literarios no estudian la literatura en general, sino sus aspectos estudiables o sistematizables. Los qualia ya son cosa de cada uno... pero quien se dedique a estudiar y a clasificar la belleza cada vez será menos sensible a ella, por una pura cuestión de convivencia. Le costará verla, percibirla y apreciarla por estar acostumbrado a tratar con sus productos de una forma científica: es decir, a ver sólo cuestiones científicas en ellos. Naturalmente, esto es sólo una opinión, pero la he podido contrastar varias veces... y me asusta un poco.

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