31 de març 2019

Safo y la trascendencia

Albin Lesky, Geschichte der Griechschen Literatur, 1963, Berna (ed. Gredos, Historia de la literatura griega, vol. I, 2009, Madrid, pg. 259):
El arte de Safo, como el de Alceo, se individualiza por su carácter directo. Pero mientras que éste nos presenta arsenales y banquetes, otro mundo nos habla a través de Safo. Aquí, el sentimiento lo es todo, y nos enteramos de sus cambios, su fuerza y su profundidad en forma tan inmediata como si no existiese el elemento intermedio artístico-técnico que inevitablemente debe atravesar para alcanzarnos. Hemos visto que es propia de Safo una gran capacidad para la autoobservación, y frecuentemente su comportamiento en una situación pasada se convierte en el objeto de su poesía. Pero aun allí, ni por un momento la vivacidad y calor del sentimiento ceden a la fría reflexión. Su lenguaje es sencillo; llano y esencial es cada verso. Hace un uso restringido del lenguaje homérico, y cuando aparece, suele ser en los poemas dactílicos, pero difícilmente como un mero adorno del lenguaje. La acentuada determinación de esta poesía por el sentimiento corresponde en lo formal a la musicalidad del lenguaje, que se manifiesta sobre todo en el juego de las vocales. La construcción de sus proposiciones, que siempre es muy sencilla, trasmana la misma musicalidad. Todo da la impresión de ser un producto de la naturaleza.
A pesar de no ser un gran acólito del manual de Lesky, confieso que estas líneas sobre la poesía de Safo me parecen magistrales. Safo es una de las autoras que más ganan leídas en el original griego, y que más pierden en traducción. Alguien podría opinar que vale la pena aprender griego sólo para apreciar bien a Safo, y yo estaría de acuerdo.

Me gustaría complementar estas líneas del crítico austríaco con una pequeña reflexión personal. Cada vez que leo a Safo me invade una sensación única, que no percibo con los demás poetas clásicos: es una impresión de trascendencia. Creo que Safo sabía, o sospechaba, que su mundo –el mundo clásico- se acabaría algún día. Y creo, y esto es totalmente subjetivo, que parte de su poesía es un esfuerzo por dejar constancia de que ella, sus amantes, amigas, familiares, etcétera, vivieron, y además vivieron intensamente. Nótese que esto es todo lo opuesto a la actitud, por ejemplo, de un Tucídides, quien afirma haber escrito un “bien para la eternidad” (κτῆμα ἐς ἀεί, ktema es aeí), como si su obra tuviera que mantenerse siempre presente, leída y de interés global.

Naturalmente, Safo es mucho más intimista porque el género lírico se presta a ello, ya de raíz, mucho más que el historiográfico. Si Tucídides escribe sobre el exterior, Safo escribe sobre su interior. A nosotros nos parece lo más normal del mundo leerla, pero vale la pena detenernos y apreciar el milagro. El milagro de poder entrar en el corazón de una griega de hace 2.700 años. Un corazón que es muy similar al nuestro, y que por eso nos emociona todavía.

Safo cumplió su propósito. La posteridad no la ha olvidado. El puro espejo sentimental que es su poesía nos conmueve por dos motivos opuestos: uno, porque nosotros, como decía, no hemos cambiado apenas respecto a ella; dos, porque su mundo, el mundo clásico, ya no está entre nosotros. Y nunca lo volverá a estar –por lo menos, no literalmente. Poder adentrarse en él y comprobar que nuestras pasiones actuales seguían intactas ahí es producto de la más pura magia.

Safo, Charles Gounod

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