Naturalmente, esto es
un recurso si no al infinito, por lo menos a un pasado muy remoto. La idea inicial
de introducir el latín clásico en los planes de estudio deriva, en última
instancia, de una idea muy renacentista. Una idea que ha desaparecido por
completo, si es que las ideas pueden desaparecer. Se trata de uno de los puntos
clave de la doctrina erasmista: que el estudio de los textos clásicos nos
edifica y educa para la vida moderna.
Insisto en que esta
idea es, como mínimo, risible para la inmensa mayoría de la población europea
de la actualidad. Pero es la idea que suscitó inicialmente el estudio del latín
clásico en los planes de estudio. Si esta premisa, este supuesto inicial ya no
nos convence, ¿por qué seguimos estudiando las lenguas clásicas, aunque sólo
sea agónicamente? La respuesta a ello es la “historia del camaleón”. Es decir,
de cómo los profesores de clásicas han ido mudando de pieles según soplaban los
vientos, por una pura cuestión de supervivencia. Me explico.
El siglo XIX marca un
antes y un después en la historia de los estudios clásicos, y además por muchos
motivos. Uno de ellos, muy comentado y lamentado, es la incipiente primacía del
francés como lengua franca en sustitución del latín. Pero hay otros tres motivos
que me parecen más notables todavía; son lo que he llamado ‘las tres heridas al
latín’. Se pueden resumir en: uno, un cambio sustancial en el concepto de literatura
hecho por los románticos; dos, la aparición y divulgación más o menos masiva de
traducciones de autores clásicos a lenguas como el inglés, el francés o el
alemán; y tres, el giro historicista que toma la filología clásica en las
universidades, primero alemanas y después de todo el continente.
Todos estos cambios se
mantienen hasta el día de hoy, y todos han entorpecido, hasta la actualidad, la
idea erasmista de la literatura clásica como maestra de la vida. Vayamos por
partes.
Tomar como lengua
franca de Occidente una lengua viva –ya sea el francés, el inglés o el chino- es
algo incitado, ante todo, por una serie de intereses económicos y nacionales. Pero
más allá de esta
crítica más materialista, cabe señalar que sus consecuencias
pueden ser mucho peores de lo que pensamos. Las lenguas vivas cambian y
evolucionan. En cuatrocientos años, el inglés del siglo XXI será difícil de
entender. El latín de Cicerón o el latín de Newton, no: son el mismo latín. Los renacentistas lo
congelaron para hacer inteligible toda la producción intelectual de Occidente,
y para hacerla inteligible para siempre.
Sin embargo, este destronamiento del latín como lengua franca no me parece una
desgracia tan profunda. El resto de cambios que voy a comentar, las tres
heridas, son, a mi entender, infinitamente más letales. En la Edad Media, por
ejemplo, la literatura en latín convivía con la literatura en las lenguas
romances. Si esto ya no ocurre hoy en día es por todo lo que voy a comentar
seguidamente, y no porque el latín haya perdido el estatus de única lengua
franca admisible.
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| Erasmo de Rotterdam |
La literatura
occidental, desde la Grecia clásica hasta la Ilustración, y con pocas
excepciones, solía tener una función extraliteraria. La literatura clásica o es
literatura técnica o va muy ligada a la vida diaria y al humanismo. Docere delectando (‘enseñar haciendo
disfrutar’), decía Horacio. Esta idea es central para el erasmismo. Pero la
literatura entendida como pura evasión de la realidad, o como ficción
entretenida, es una idea que cobra mucha fuerza a partir del siglo XIX. Para un
romano, igual que para un ilustrado, literatura también son los tratados
médicos de Hipócrates o el diario de campaña de Julio César. Para un romántico
del XIX esto deja de ser así. Es entonces cuando se pierde gran parte de la
función extraliteraria de la literatura, y con ello el erasmismo recibe su
primera herida y queda cojo.
El erasmismo acabará más
herido aún con la siguiente innovación del siglo XIX: traducir sistemáticamente
a los autores clásicos. Thoreau, por cierto, ya decía en su Walden (1854) que esta nueva moda era
matar a la literatura clásica. ¿Por qué supone un problema esto? En mi opinión,
gran parte de la gracia de la literatura clásica está, precisamente, en que
está escrita en una lengua muerta. En que se nos pide un esfuerzo (aprender una
lengua muerta) para acceder a ella, y que esto nos da una sensación de comunión
con el pasado y de estar ante el momento especial y lujoso de leer literatura antigua. Si la lees en
tu lengua materna, toda esta magia se desvanece. En un plano más práctico,
justificar el latín y el griego es difícil si la gente cree que hay
traducciones de todos los autores
clásicos, y además ignoran cómo de imperfectas son por el mero hecho de ser
traducciones modernas de autores antiguos.
Finalmente, el giro
historicista de la filología en las universidades alemanas atestó un golpe definitivo
al erasmismo y al estudio del latín, cuyas consecuencias e impacto se verían
más a la larga. Estudiar el pasado por el
pasado, la máxima de los historiadores del XIX, e inscribir la filología
como una ciencia auxiliar de la historia,
supone despedirse del humanismo renacentista y de su central idea erasmista:
que los clásicos del ayer nos hablan del hoy. Para los filólogos alemanes del
XIX, los clásicos del ayer nos hablan del ayer –y en eso radica su interés. El
mundo clásico se concibe, a partir de entonces, como un mundo cerrado sin
continuidad con el actual. Este ‘giro historicista’ salió bien mientras las
letras y la historia gozaban de prestigio y suscitaban fascinación; cuando esto
dejó de ser así, las consecuencias de habernos desvinculado de los clásicos se
vieron con claridad: el latín y el griego pasaron a ser inútiles artefactos de
museo.
Los docentes de lenguas
clásicas han ido haciendo mutaciones camaleónicas, desde entonces, para seguir
dando sus materias: desde incluir contenidos de cultura greco-latina que no
fuesen puramente lingüísticos, hasta incorporar nuevas tecnologías o trabajar
conjuntamente con otras materias. Pero sin la idea central de los
renacentistas, el latín se ha vuelto muy complicado de justificar... quizás
demasiado.

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ResponEliminaTres heridas que merecerían que el latín fuese borrado del currículo... ¿no es esa la conclusión? Soy un amante del método humanista de aprendizaje del latín (y su versión Orberg), pero sigo pensando que si para algo puede servir saber algo de latín a los alumnos-futuros-ciudadanos es para conocer la propia lengua y reflexionar sobre política, ciencia, etc. Por eso, aunque pienso que un profesor debería saber tanto latín como para ser un traductor, pienso que la asignatura perseguiría más honestamente sus (neo)finalidades si se enseñase la lengua no para traducir frases (sobretodo porque son la antesala de los textos que nunca se llegarán a leer en original, si somos sinceros... además, los textos podrían leerse en castellano ayudándonos del comentario a los conceptos y palabra intraducibles) sino para entender cómo se forman las palabras del romance, cómo se forma el lenguaje, en fin, cómo pensamos... una mezcla entre filosofía, lengua e historia. Se podrían dar vocabulario, por ejemplo, por conceptos clave de varias ramas: en política imperium, senatus, dignitas, cursus honorum... en filosofía mos, philosophia, etc., y así
ResponEliminaÀ parte isso, felicidades por el texto, tienes una mezcla de lucidez, claridad y elegancia que me gusta mucho, y que me impresiona cuando pienso eres más nuevo (un par de meses dice el Facebook) que yo!
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