24 de març 2019

Algunos consejos para aprender latín


Esta entrada va dirigida a cualquier persona interesada en aprender o a mejorar su latín de forma más o menos autodidacta. Lo que sigue son consejos, y sólo consejos, que me hubiese gustado mucho oír a mí hace diez años, cuando empecé a sumergirme en la lengua de los Césares por mi cuenta y como complemento a mis clases. Si lo que uno pretende es aprobar el latín de segundo de bachillerato o aprender a traducir textos latinos, este post no es para ti. Insisto en que aquí presupongo un verdadero interés por manejar bien la lengua de Cicerón, y no tanto sus variopintos textos –ya ahondaré en esta sutil distinción más adelante-. Empecemos:

La motivación es clave

La motivación es clave... más que en cualquier otra lengua que quieras aprender. El por qué es evidente: el latín es una lengua muerta, en el estricto sentido en que no tiene hablantes nativos. Debes de ser muy cuidadoso a la hora de planificar tu estudio y graduar con precisión su dificultad. Lo más fácil, y lo adelanto desde buen comienzo, es usar el método Orberg (Lingua Latina per se Illustrata I & II). No porque sea el mejor –esto dependerá de cada uno- ni el más original –hay manuales escoceses de los años 60, como Ecce Romani, muy similares a Orberg-, sino porque Orberg te soluciona él solito la cuestión de la motivación y la graduación de la dificultad, especialmente en el primer volumen Familia Romana. Con Orberg te quitas de encima el trabajo de planificar tu estudio, porque es el libro de latín más escalonado que conozco: se empieza desde cero y uno va subiendo sin darse ni cuenta. Es un libro, además, que consigue una inmersión en latín y en el latín, algo fundamental en los inicios. El vocabulario, la morfología y la sintaxis se aprenden juntos, y esta es una enorme ventaja si obviamos que puede conllevar algunos vicios por parte del estudiante. A saber:

· El estudiante se confía y avanza demasiado rápido: se salta páginas, no hace los ejercicios (Pensa), no practica la morfología, etcétera, porque tiene siempre el auxilio del libro: su contexto, sus ilustraciones, etcétera.

· Alguien que ya sepa latín y que quiera leer a Tácito (en vez de traducirlo), encontrará que el manual de Orberg es naíf e inocente.

Insisto en que esto son vicios del estudiante, y no del manual. La solución es la misma para ambos: tienes que reaprender tu latín. Vuelve a hacer los ejercicios, por fáciles que te parezcan. Memoriza las cantidades vocálicas de cada palabra. Repasa los capítulos anteriores. Haz también el libro de ejercicios complementario. Etcétera.

Nulla dies sine linea

El latín es fácil de aprender... y fácil de olvidar. Especialmente si hablas una lengua romance, olvidarás mucho vocabulario porque conoces su derivado en castellano y no te parece necesario aprender el término latino, por lo general deducible por contexto (mereo, censeo, mensa, sto, do, etcétera). Si uno quiere leer en latín esto no es problema, pero si quieres dominar realmente esta lengua lo será. El por qué ya lo dijeron los romanos: ‘ningún día sin su línea’. Para aprender bien el latín uno debería, idealmente, poder escribirlo o hablarlo casi a diario, de una forma también planificada y gradual: practicando sinónimos, construcciones sintácticas, vocabulario temático, etc. Si no dominas los términos básicos por entenderlos rápido, no podrás ejercer la competencia ‘activa’ de la lengua que, en el caso del latín, sirve para cristalizar la competencia pasiva que te permitirá leer a los autores clásicos. Así pues, escríbelo o hablálo con toda la frecuencia que puedas.

Un par de cuestiones de estilo

Para trabajar este último punto de una forma plena y con sentido, que nos ayude realmente a mejorar el latín, quisiera comentar algunas cuestiones estilísticas a la hora de escribir/hablarlo. Primero, el latín es una lengua concisa: el castellano no. Las completivas con ut, los comparativos con magis, el gerundio y el gerundivo, el quod causal, los predicados simples sin preposicion incorporada... son recursos poco utilizados por los autores latinos, pero muy utilizados por los castellanohablantes cuando se pasan al latín. Ser consciente de esta y otras cosas va bien para pulirlo un poco. Insisto en planificar ejercicios temáticos para ello, además de otros trucos realmente viejos: convertir de activa a pasiva (una voz verbal muy usada en latín); cambiar la preposición de un verbo (affero, infero, defero, etc.); evitar los calcos léxicos (si puedes decir sisto no digas detineo), etc. Un apunte: todo esto está pensado para leer mejor a los autores latinos, y no para conservar ninguna pureza o santidad de la lengua latina.

El gran salto

Al principio he dicho que este post iba dirigido a dominar la lengua de Cicerón y no sus variopintos textos. Sin ánimo de desmotivar ni disuadir a nadie, leer (a Tácito, a Virgilio o a Catulo) directamente en latín comporta más cosas que dominar su lengua. La métrica, el contexto histórico o realia, la época del latín, los matices semánticos de cada autor, sus referentes dentro del mundo clásico, etcétera, son otras cosas de gran importancia que hay que tener en cuenta. Sir Kenneth Dover, quien fue catedrático de griego clásico en Oxford y editor de Aristófanes, decía que la única manera de hacer crítica textual era convivir con cada autor. Esto significa leerlo a diario y, muchas veces, quemarse las cejas con él. El latín será tu indispensable base, pero para entender a Horacio necesitarás, como mínimo, amplias y extensas nociones de métrica y de cultura latina. Es más: es posible que a cada autor que leas tengas que empezar, de nuevo, lo que yo he llamado ‘el gran salto’; que tengas que empezar a convivir con él. A conocer sus vicios y sus virtudes, sus manías, como si de tu hermano o de tu nuevo compañero de piso se tratara. De todos modos, tanto aprender latín como ir haciendo saltos hacia los autores son procesos sumamente agradables -y esto ya no es mi opinión, sino mi experiencia.

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