Esta entrada va
dirigida a cualquier persona interesada en aprender o a mejorar su latín de
forma más o menos autodidacta. Lo que sigue son consejos, y sólo consejos, que me hubiese gustado mucho
oír a mí hace diez años, cuando empecé a sumergirme en la lengua de los Césares
por mi cuenta y como complemento a mis clases. Si lo que uno pretende es
aprobar el latín de segundo de bachillerato o aprender a traducir textos latinos, este post no es para ti. Insisto en que
aquí presupongo un verdadero interés por manejar bien la lengua de Cicerón, y
no tanto sus variopintos textos –ya ahondaré en esta sutil distinción más
adelante-. Empecemos:
La motivación es clave
La motivación es
clave... más que en cualquier otra lengua que quieras aprender. El por qué es
evidente: el latín es una lengua muerta, en el estricto sentido en que no tiene
hablantes nativos. Debes de ser muy cuidadoso a la hora de planificar tu
estudio y graduar con precisión su dificultad. Lo más fácil, y lo adelanto
desde buen comienzo, es usar el método Orberg (Lingua Latina per se Illustrata I & II). No porque sea el mejor
–esto dependerá de cada uno- ni el más original –hay manuales escoceses de los
años 60, como Ecce Romani, muy
similares a Orberg-, sino porque Orberg te soluciona él solito la cuestión de
la motivación y la graduación de la dificultad, especialmente en el primer
volumen Familia Romana. Con Orberg te
quitas de encima el trabajo de planificar tu estudio, porque es el libro de
latín más escalonado que conozco: se empieza desde cero y uno va subiendo sin
darse ni cuenta. Es un libro, además, que consigue una inmersión en latín y en el latín, algo fundamental en los inicios. El
vocabulario, la morfología y la sintaxis se aprenden juntos, y esta es una
enorme ventaja si obviamos que puede conllevar algunos vicios por parte del
estudiante. A saber:
· El estudiante se confía y avanza
demasiado rápido: se salta páginas, no hace los ejercicios (Pensa), no practica la morfología,
etcétera, porque tiene siempre el auxilio del libro: su contexto, sus
ilustraciones, etcétera.
· Alguien que ya sepa latín y que quiera
leer a Tácito (en vez de traducirlo), encontrará que el manual de Orberg es naíf
e inocente.
Insisto en que esto son vicios del estudiante, y no
del manual. La solución es la misma para ambos: tienes que reaprender tu latín.
Vuelve a hacer los ejercicios, por fáciles que te parezcan. Memoriza las
cantidades vocálicas de cada palabra. Repasa los capítulos anteriores. Haz
también el libro de ejercicios complementario. Etcétera.
Nulla dies sine linea
El latín es fácil de aprender... y fácil de olvidar.
Especialmente si hablas una lengua romance, olvidarás mucho vocabulario porque
conoces su derivado en castellano y no te parece necesario aprender el término
latino, por lo general deducible por contexto (mereo, censeo, mensa, sto, do, etcétera). Si uno quiere leer en
latín esto no es problema, pero si quieres dominar realmente esta lengua lo
será. El por qué ya lo dijeron los romanos: ‘ningún día sin su línea’. Para
aprender bien el latín uno debería, idealmente, poder escribirlo o hablarlo
casi a diario, de una forma también planificada y gradual: practicando
sinónimos, construcciones sintácticas, vocabulario temático, etc. Si no dominas
los términos básicos por entenderlos rápido, no podrás ejercer la competencia ‘activa’
de la lengua que, en el caso del latín, sirve para cristalizar la competencia pasiva que te permitirá leer a los
autores clásicos. Así pues, escríbelo o hablálo con toda la frecuencia que
puedas.
Un par de cuestiones de estilo
Para trabajar este último punto de una forma plena y
con sentido, que nos ayude realmente a mejorar el latín, quisiera comentar
algunas cuestiones estilísticas a la hora de escribir/hablarlo. Primero, el
latín es una lengua concisa: el castellano no. Las completivas con ut, los comparativos con magis, el gerundio y el gerundivo, el quod causal, los predicados simples sin
preposicion incorporada... son recursos poco utilizados por los autores
latinos, pero muy utilizados por los castellanohablantes cuando se pasan al
latín. Ser consciente de esta y otras cosas va bien para pulirlo un poco.
Insisto en planificar ejercicios temáticos para ello, además de otros trucos
realmente viejos: convertir de activa a pasiva (una voz verbal muy usada en
latín); cambiar la preposición de un verbo (affero,
infero, defero, etc.); evitar los calcos léxicos (si puedes decir sisto no digas detineo), etc. Un apunte: todo esto está pensado para leer mejor a
los autores latinos, y no para conservar ninguna pureza o santidad de la lengua
latina.
El gran salto
Al principio he dicho
que este post iba dirigido a dominar la lengua de Cicerón y no sus variopintos
textos. Sin ánimo de desmotivar ni disuadir a nadie, leer (a Tácito, a Virgilio
o a Catulo) directamente en latín comporta más cosas que dominar su lengua. La
métrica, el contexto histórico o realia,
la época del latín, los matices semánticos de cada autor, sus referentes dentro
del mundo clásico, etcétera, son otras cosas de gran importancia que hay que
tener en cuenta. Sir Kenneth Dover, quien fue catedrático de griego clásico en
Oxford y editor de Aristófanes, decía que la única manera de hacer crítica
textual era convivir con cada autor.
Esto significa leerlo a diario y, muchas veces, quemarse las cejas con él. El
latín será tu indispensable base, pero para entender a Horacio necesitarás,
como mínimo, amplias y extensas nociones de métrica y de cultura latina. Es
más: es posible que a cada autor que leas tengas que empezar, de nuevo, lo que yo
he llamado ‘el gran salto’; que tengas que empezar a convivir con él. A conocer
sus vicios y sus virtudes, sus manías, como si de tu hermano o de tu nuevo
compañero de piso se tratara. De todos modos, tanto aprender latín como ir
haciendo saltos hacia los autores son procesos sumamente agradables -y esto ya
no es mi opinión, sino mi experiencia.
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